De Lomas a Estambul

luciaPor Lucia Manrique

(Motor de Ideas/mayo11).-Cuando me despedí de Turquía tuve la sensación de que iba a añorar aquel país en adelante. Como si supiera que de ahora en más, iba a estar feliz sabiendo que de alguna manera me esperaba. Porque Turquía es un país con magia, con un aire que no se olvida fácilmente. Por alguna razón volvería, como si algo mío hubiera quedado allí. La magia reside en su historia, su música, sus paisajes únicos e imponentes, sus mezquitas, sus vendedores persistentes, sus hombres de ojos oscuros seductores…No podría saber entre todas estas razones cuál sería después la más entrañable para regresar.
Tal vez, el sentirme cerca de la sabiduría de Mevlana, su gran filósofo, quien dio origen a los derviches, gente corriente que luego de mil y una noches de preparación se reúnen una vez por semana con sus trajes blancos y asisten a la ceremonia de girar, girar y girar, y así formar parte del ciclo de la naturaleza y alcanzar el nirvana.
Tal vez, el patriotismo de su gente y el liderazgo incansable de Ataturk, que a más de ochenta años de su muerte sigue humedeciendo los ojos de los jóvenes que en las fiestas patrias van a llevar rosas e inclinarse ante su mausoleo.
Tal vez, el llegar desde muy lejos, y sin embargo fundirse en el ritual de sacarse los zapatos y envolverse el cabello con un pañuelo para poder entrar a las mezquitas, y respirar la paz de aquellas construcciones que durante siglos acumularon la energía de tantos rezos y devociones. Sentarse en la alfombra unos minutos y observar las inclinaciones y los rezos de los hombres con traje ante el mihrab, en dirección siempre a La Meca. Salir luego, calzarse, y observar el afuera, como quien vuelve de un sueño, despejarse y reflexionar acerca de dónde se estuvo y qué era lo que allí pasaba, y observar a los hombres que llegan del trabajo con sus trajes y antes de entrar, lavan sus pies en las numerosas canillas instaladas en los exteriores.
Tal vez sean los vendedores, gente esperanzada. Son capaces de acompañar a uno hasta donde necesite ir, pronunciar los más dulces piropos o esperar a la salida de un museo para invitar a entrar a su casa de alfombras. Si uno no quiere, bastará con decir “No, gracias”, unas cinco o seis veces. No se ofenden, se despiden alegremente. Pero tiene que ser claro. Si se duda o se acepta, ellos reciben en su casa con té de manzana, vino o raki, más una calculadora. Ofrecerán todo tipo de mercaderías, precios y posibilidades de envíos a domicilio. Luego vendrá el juego del “regateo”. El negocio es un arte sagrado que enseñan a compartir.
En fin, algo mío quedó allí, algo que quizás comprenda en la lejanía de la vuelta a casa, o algo que quizás no descifre en el tiempo, y entonces quizás deba cumplir el ciclo del que hablaba Mevlana: girar y volver.

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